Crecer en la angustia conyugal: cuando el tercero abre el destino
Nunca se cría a un niño en los hechos, sino en una atmósfera psíquica.
Un bebé no crece en la realidad objetiva de una infidelidad, sino en el clima emocional que esta genera cuando es vivida desde el miedo, la sospecha, la espera angustiosa y la imposibilidad de sentirse seguro en el vínculo.
Cuando una madre vive con el miedo permanente de ser engañada —lo sea efectivamente o no—, su mundo interno se ve invadido por afectos que desbordan su capacidad de elaboración psíquica: miedo a la pérdida, derrumbe narcisista, vergüenza, ira, hipervigilancia, a veces negación. Está ahí, pero preocupada en otra parte. Presente corporalmente, ausente psíquicamente.
El lactante, por su parte, no comprende nada de esta escena conyugal. Pero la siente, la capta, la incorpora. El bebé es un sismógrafo afectivo: registra las variaciones de tensión, las discontinuidades, las ausencias, los desbordes.
Aquí el aporte de Wilfred Bion resulta fundamental. Cuando la madre está desbordada por sus propias angustias, ya no puede ejercer su función de ensoñación: deja de transformar las emociones brutas en elementos pensables. El bebé queda entonces expuesto a lo que Bion denomina elementos beta, vivencias emocionales no simbolizadas, imposibles de integrar psíquicamente.
Lo traumático, en esta etapa, no es el acontecimiento —real o fantaseado— de la infidelidad.
Lo traumático es la imposibilidad de pensar lo que sucede.
En este clima, la madre suele oscilar entre presencia y retraimiento, entre solicitud y distracción, entre momentos de cercanía y momentos de absorción angustiada. El niño hace la experiencia de un vínculo imprevisible.
Los trabajos de John Bowlby muestran que el niño no necesita una madre perfecta, sino una figura confiable, suficientemente constante como para permitirle anticipar la respuesta del otro. Cuando el mundo emocional de la madre es inestable, el niño desarrolla estrategias tempranas de adaptación: hipervigilancia, ansiedad de separación, necesidad de controlar el vínculo.
No se trata de una falta de amor, sino de una falta de seguridad.
El niño aprende muy pronto que el vínculo puede romperse, que el amor es frágil, que el otro puede desaparecer psíquicamente sin previo aviso. Esta experiencia suele constituir la base de un apego ansioso, a veces desorganizado, en el que el niño nunca sabe si realmente puede descansar en la relación.
Para Donald Winnicott, el desarrollo psíquico se apoya en un entorno “suficientemente bueno”, es decir, un entorno capaz de sostener, contener y responder de manera ajustada a las necesidades del bebé.
En un contexto de celos, miedo y amenaza conyugal, el sostén se vuelve irregular. La madre puede, sin quererlo, utilizar al niño como:
El niño ya no es solamente un niño: a veces se convierte en una función.
Este desplazamiento es sutil, inconsciente, pero cargado de consecuencias. El niño aprende a callar, a sentir antes de pedir, a adaptarse a los estados internos del otro. Se vuelve precoz, demasiado maduro, atento a lo que no se dice.
En un entorno así, las elaboraciones de Melanie Klein adquieren todo su sentido. Cuando el ambiente es inestable y cargado de angustia, el niño puede quedar fijado durante largo tiempo en organizaciones psíquicas primitivas, dominadas por el miedo a perder al objeto amado y por el temor a un objeto perseguidor.
El mundo interno se escinde:
el objeto bueno es frágil, amenazado;
el objeto malo es inquietante, imprevisible.
Si esta escisión no es posteriormente simbolizada, puede organizar de manera duradera la relación con el amor, los celos y la confianza.
Pero —y aquí la articulación se vuelve decisiva— la infancia no escribe por sí sola el destino.
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