Acabo de terminar Yo siempre seré yo, a pesar de ti, de Teresa López Cerdán, y me ha quedado esa sensación tan particular que dejan los libros que, más que leerse, se reconocen. Historias que, sin ser la tuya exactamente, te obligan a mirarte en ellas porque hay muchas coincidencias con tu propia biografía.
Tuve la oportunidad de conocer a Teresa en persona durante la primera Feria del Libro celebrada en mi municipio, Santiago del Teide, en septiembre de 2025. Recuerdo aquella conversación tranquila entre mesas llenas de libros, café, dulces deliciosos y lectores curiosos. Me pareció una mujer serena, cercana y con una mirada muy lúcida sobre lo que cuenta. Después de leer su obra, comprendí que esa misma mezcla de sensibilidad y honestidad atraviesa todas sus páginas. Y, lo confieso, me sentí identificada con ella en casi todo.
Ella me dio un consejo que aún retumba en mis adentros: << Si quieres vivir de tu arte, ¡debes salir de los límites de tu pueblo y de tu isla! Si no acudes a donde están las grandes oportunidades, la gran ciudad (Madrid, por ejemplo), es muy poco probable que puedas hacer resonar tus pasos como artista. Tengo claro que si yo no hubiera salido de mi pueblo no hubiera podido disfrutar las mieles que ahora disfruto gracias al reconocimiento de mi trabajo>>.
Volviendo al libro, este es un recorrido emocional por las relaciones, los aprendizajes y las heridas que muchas mujeres hemos vivido o visto de cerca. Teresa escribe desde una sinceridad muy valiente, sin edulcorar las cosas y sin esconder las contradicciones que forman parte de crecer. Porque a veces entender lo que nos pasó llega muchos años después, cuando la perspectiva del tiempo pone cada pieza en su sitio.
Uno de los aspectos que más me llamó la atención es cómo la autora pone en valor algo que rara vez aparece en el centro de las historias sentimentales: la amistad verdadera entre un hombre y una mujer. En la historia aparece esa figura tan necesaria del amigo leal, alguien que no está ahí para seducir ni para poseer, sino para sostener. Ese mejor amigo que te ofrece una mirada masculina honesta sobre lo que ocurre, que escucha sin juzgar y sobre cuyo pecho puedes llorar sin que exista la expectativa de acabar teniendo sexo. Y una acaba pensando: teniendo un amigo así, ¿para qué quiere Karma una pareja?
El libro también aborda con mucha claridad un tema que todavía cuesta nombrar: las relaciones profundamente desiguales cuando existe una gran diferencia de edad y experiencia vital. Teresa reflexiona sobre algo que muchas mujeres hemos comprendido demasiado tarde. Cuando una chica muy joven se relaciona con un hombre bastante mayor, que ya ha vivido, viajado y construido su visión del mundo, el terreno no es equitativo. No se parte del mismo lugar. No se juega con las mismas cartas. Y yo de esto sé bastante, pues mi primera pareja fue mayor que yo doce años. Yo era una adolescente inmadura y él un hombre de mundo ya curtido.
Hay un pasaje especialmente revelador donde la autora recuerda una relación que comenzó cuando ella tenía dieciséis años y él (Damián) era mayor que ella (no voy a hacer spoiler de lo que sucedió, quiero que lo lean y sientan).
Con los ojos de la juventud quizá aquello parecía otra cosa, pero la madurez permite verlo con claridad: esa diferencia a esa edad implica una desigualdad evidente. Ella misma reconoce que era una adolescente inmadura frente a un hombre ya hecho y derecho, con experiencia, con mundo. Y admite algo que muchas veces cuesta decir en voz alta: que sus padres tenían razón. Que no era justo para ella. Yo he tenido que llegar a los 46 años para admitir que mis padres también tenían razón, no son relaciones justas ni equilibradas.
El libro también deja entrever otra carencia generacional que explica muchas historias mal entendidas: la falta de educación sexual y emocional con la que crecimos muchas niñas de pueblo de mi generación (...)